La literatura erótica se ha etiquetado como un género menor y casi hay que disculparse por hacerla, se la acusa de ser vulgar en el tratamiento del tema sexual, algo discutible; y también de violar criterios morales y convenciones sociales, está desatendida por público y crítica, llena de prejuicios que obligan al autor a defender la sutil frontera que divide el erotismo y la pornografía, es aquí donde resulta más patente la hipocresía del tópico: sugerir es erótico, mostrar, pornográfico. Desde mi punto de vista, este matiz engañoso sólo sirve para condenar o disculpar, es imposible ser objetivo, el erotismo o la pornografía depende de las cualidades del receptor, lo que para unos es escandaloso para otros puede ser un asunto trivial. Al margen de criterios éticos o estéticos, lo que persiste es ese reproche por la reacción sensual que provoca la literatura erótica. No hay que olvidar que es un género bajo sospecha, vigilado y perseguido, que en algunas épocas ha llevado a la cárcel a quien ha osado tocar tan escabrosas cuestiones. Hoy corren tiempos de permisividad, aunque muchos prejuicios siguen vivos.
El concepto de literatura cobija bajo su lema a las obras destinadas al intelecto y descarta las orientadas a la sensualidad. Sin embargo, la literatura erótica consigue el más difícil todavía al lograr que el lector aparte una mano del libro para complacer al cuerpo según las demandas textuales, involucra al cuerpo y a la mente en un contexto de sensual ilusión. Las palabras disparan la lascivia y ésta es una conquista innegable del lenguaje, un triunfo del escritor, un milagro, magia pura. Un flujo lingüístico despierta los sentidos y la palabra se convierte en acto.